Yo me declaro poseedor de la tierra -y de los sueños-, de la que fluye tu nocturnidad impenitente; Me declaro hombre perdido entre las finas hebras de tu pelo negro, y en los rincones de tu sonrisa indolente; Yo me declaro insolvente de amores y carcelero de tu tiempo; Me declaro anacoreta perenne e inquisidor certero de tu piel morena y silente; Me declaro perseguidor compulsivo y conocedor exhaustivo de tus besos, que añoro con ansia, en el relicario de mi mente; Yo me declaro señor imperial de tus ojos y rey adjunto de tus senos; Y me declaro joven e impulsivo loco, y más viejo, cuando siento que estoy tan lejos de ti siempre. Me declaro ganador de las mil batallas que sufrimos, y trofeo de guerra rodado entre tus dedos; Yo me declaro perseverancia y olvido, y me declaro, por ti, memoria y simiente. Me declaro obrero leal de tu torso, bebedor empedernido de tu aliento y músico virtuoso de tu cintura hirviente; Bailador en el aire de tus pasos descalzos, equilibrista sonámbulo cuando te duermes y escultor de tu cuerpo si cuando es la noche, te declaro el amor y tu consientes. Yo, me declaro poeta roto y torturado, por ser culpable, tan solo, de quererte.
Primero la soledad no tuvo puertos,
tampoco bitácoras el tiempo,
nunca tuvo caminos el silencio,
en ese ayer de páginas eterno
Y aunque la soledad llegó despacio
no supo ondear en ti parajes muertos
y a golpe de vientos sosegados
fue clima solemne de avatares lentos.
Hoy me explota el recuerdo en mil detalles
porque tú me llenas de nostalgia
cuando del pecho se desgrana la esperanza
de volver a pisar tus viejas calles
¡Oh, mi ciudad por piratas saqueada!
antigua capital de oro rupestre
que por dentro me creces a caudales
cubre mi piel exhausta
con tus muros perpetuos
con ese paisaje visto
en mis errantes sueños
bajo las anchas clámides del cielo.
Yo te recordaré colosal, permanente'
con retumbos de voz en mis raíces íntimas,
prolongando lamentos amarrados al viento
como si me llamaras más que la eterna vida.
Ayer, fuiste gloria de España,
-fueron afamados tiempos-
Hoy, adoquines de historia,
sin su reino,
pero más gloriosos que los márnoles helénicos
como la majestad del universo.
Allí el viento
rueda alegre, rueda alegre
y el rumor del mar se oye a lo lejos.
¡Rostro de América,
de mi patria un monumento,
eres tú Panamá- viejo
mi más querido recuerdo!
Mujer, blancura de rostro,
piel en donde los ocres
otoñan tristezas,
sin mirada, mujer,
porque los ojos,
a veces traicionan
y hacen de agua
todas las penas;
sin labios
porque el beso
se te fue tan lejos
que la boca se ausenta.
Mujer que en tu curvatura
de reinos pasados
duerme la forma
de todos los tiempos,
albergas hoy en tus manos
y en tus caderas
siglos de movimientos,
pasos circulares,
y en un costado
casi como un reclamo
crece de tu grito
un hombre:
y lo adjuntas a tu carne,
mujer,
lo tomas y te vas
rumbo al agua frágil.